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Clandestinos, Luis Prat (IBERA, enero 2023)

Clandestinos de Luis Prat es una novela policiaca y de acción, una distopía a corto plazo, año 2027.

Una novela con una clara y dramática denuncia social, una novela con mucho diálogo para hacerla amena y viva. Una novela que transcurre en un futuro tan cercano que consigue que todo lector la sienta como una posible realidad que podamos vivir y sufrir.

Una novela recomendadísima por Anika entre libros.

FICHA TÉCNICA






Argumento

Asdrúbal Giménez (alias Gimi) es un detective privado cuyo padre, un afamado policía, es asesinado brutalmente. Gimi, asediado por su fantasma, no tarda en descubrir la cara oculta de la prestigiosa y legendaria trayectoria de su progenitor. Mientras aún encaja la trama de su padre, una supuesta mafia de la inmigración ilegal lo fuerza a investigar un genocidio en curso contra las pateras del mar Mediterráneo, un genocidio que alcanzará proporciones titánicas e invadirá todos los medios de comunicación. Ambas investigaciones se entrecruzan insidiosa y violentamente, y tanto la vida de Gimi como la de sus socios y familiares es absorbida por una espiral de creciente peligro hasta la presunta resolución política y judicial de ambos casos.



Extracto:

«No fue un policía cualquiera. La popularidad de Tomás Giménez —Tom entre sus allegados— rayaba en lo insólito, tanto en el gremio policial como en el militar, en el jurídico y aun en el político. Pudo haber llegado hasta lo más alto, pero, pese a su polifacética trayectoria, siempre regresó al cuerpo policial, como sucedió tras su pasaje por el Centro Nacional de Inteligencia (CNI). Esta fue sin duda una de sus cualidades más admiradas, no dormirse en los laureles, volver a empezar desde abajo una y otra vez. Ya había sido una figura legendaria en vida, no era, pues, de extrañar que su asesinato acabara de rematar la leyenda. La asistencia a sus exequias, en la iglesia de Santa María del Mar de Barcelona, sobrepasó todas las expectativas.

Alrededor de la catedral se arremolinaba una multitud compacta; un bullicio de cuchicheos respetuosos, casi monásticos, reinaba frente al pórtico de entrada, absolutamente bloqueado. El gentío se ramificaba, luego, por los callejones colindantes y nadie sabía hasta dónde llegaba, si bien en sus extremos ya solo serpenteaba una creciente afluencia de curiosos. En el cruce de la calle Montcada con Princesa, por ejemplo, se conjeturaba la muerte de un ilustre político, pero en la plaza de las Olles se respiraba un ambiente jaranero propiciado por la proximidad de las fiestas de la Mercé, patrona de la ciudad, y los vendedores furtivos de cerveza se abrían paso entre el bullicio.

Bloqueado entre la muchedumbre y agotado por los esfuerzos invertidos en llegar hasta ahí, a escasos metros de la entrada de la iglesia, el teniente coronel Ortiz percibió más aún el peso de su vientre barrigudo y se sintió desfallecer. Su respiración un poco asmática se había intensificado. Venía desde Madrid, como representante del CNI, y su avión se había retrasado. Era íntimo amigo del difunto y tenía un asiento reservado en tercera fila. Absolutamente bloqueado, se agitaron sus cejas entrecanas, como su pelo, tan profusas que casi ocultaban su mirada; sacó su placa y se puso a chillar:

—Soy el teniente coronel Ortiz del CNI, ¡por Dios!, dejen paso de una maldita vez, tengo un asiento reservado... —Era inútil, nadie podía moverse; se calló y permaneció apretujado donde estaba, intentando sosegar la respiración.

Ortiz ya se había peleado con varios de los concurrentes para alcanzar aquel lugar y parecía imposible avanzar un solo paso más. Algunos le sonreían, cómplices por entre el estrujón, pero otros le miraban con el ceño fruncido, y quién sabe si no tendrían un cargo o graduación superior, receló Ortiz. Por suerte le quedaba el sepelio, se resignó, justo cuando advirtió, perplejo, que toda la masa en la que se apretujaba se desplazaba casi medio metro hacia el pórtico de entrada.

El interior de la iglesia, en efecto, estaba abarrotado. Miquel Garrutx se hallaba en la primera fila; su cuerpo erguido, aunque algo rechoncho, destacaba sus espaldas desmesuradamente anchas y el pelo blanco, muy brillante, a juego con la elegancia de su traje. Estaba casi en frente del prelado, que se explayaba sobre el altar en torno a las virtudes del difunto y que, de vez en cuando, intercambiaba una mirada cómplice con Miquel. El núcleo de la familia Garrutx ocupaba las primeras siete filas, junto a diversas figuras de protocolo, policiales y militares en su mayor parte, pero también políticas. En un extremo de la tercera fila, el inspector jefe Marcos, de Homicidios, y el comisario Ponce, de Estupefacientes, inquietos en sus asientos, buscaban en vano al ausente teniente coronel Ortiz.

El corredor central estaba saturado, aunque estable. No así los laterales, en cuyos extremos se apiñaban innumerables periodistas por ambos flancos del altar, que encajaban como podían las reiteradas embestidas irregulares del gentío que seguía entrando, por lo que, en su progresiva compresión, parecían estar a punto de invadir el coro, ubicado en el ala izquierda, y la orquesta, en la derecha. Monseñor no dejaba de lanzar fugaces y discretas miradas de soslayo hacia ambos flancos con creciente preocupación, pese al aparente aplomo de su compostura, mientras seguía explayándose en su sermón.

—Ni el prestigio, ni la notoriedad, ni los laureles —clamaba el prelado—, le llegaron con facilidad al difunto Tomás Giménez. Bien al contrario, fueron el fruto de una inagotable entrega, de una labor incansable y ejemplar…

¿Acaso era Miquel Garrutx el principal afectado por la muerte del comisario? Su posición y las frecuentes miradas de Monseñor podían inducir a esta conclusión. Pero Miquel solo era el patriarca actual de los Garrutx, con quienes el fallecido comisario se relacionaba por su difunta esposa, una Garrutx. Para Miquel, la muerte de su cuñado le despojaba de una fuente inagotable de contactos e influencias en los cuerpos policial, militar y jurídico. Aun así, a la opulenta familia Garrutx, se alentó a sí mismo el patriarca, no le faltaban recursos. Miró de soslayo a su sobrino, Asdrúbal Giménez, situado en la primera fila del ala opuesta, frente al ataúd. Aunque igual de alto, airoso y corpulento como su padre, este nunca será como él, sentenció para sí.

—La virtud no era, para el difunto Tomás, que en paz descanse —proseguía Monseñor—, un objetivo que haga falta imponerse, sino la fuerza y el impulso de su trayectoria...

Miquel pensaba que Tomás Giménez nunca se había integrado realmente a la familia, por más que permitió que sus hijos fueran criados por los Garrutx tras el fallecimiento de Beatriz, su mujer. Por eso Tania, su hija menor, era una Garrutx de pura cepa. Pero Asdrúbal, ponderó, iba más a su aire, no tanto como su padre, claro, pero iba a la suya. Nada que ver con Nacho, empezó a excitarse tan solo de invocar su figura, el facineroso hermano de Tomás, y lo peor de lo peor era esa Marina, a quien veía por primera vez, la furcia que acabó ocupando el lugar de su hermana Beatriz; ahí estaba en primera fila, como Nacho, junto a Asdrúbal y a Tania y… Miquel suspiró e intentó serenarse de nuevo evocando, con satisfacción, el próspero y centenario negocio familiar, Calzados y Complementos Garrutx, sus fábricas, sus tiendas, sus delegaciones…

—No era un hombre que se acomodara en sus laureles —repetía Monseñor—, todo lo contrario…

Un cierto rumor de carraspeos, toses y suspiros iba impregnando el templo.

—Su vil asesinato no quedará impune… —Ya es hora de ir concluyendo, resolvió el prelado, estremecido tras ojear furtivamente la extrema compresión que ya padecían el coro y la orquesta. Tendría que administrar la eucaristía con la máxima celeridad, se espoleó, y, por descontado, exclusivamente a las filas reservadas.

Miquel lanzó otra mirada de soslayo a Asdrúbal y se topó con la suya; ambos intercambiaron un saludo cordial. Asdrúbal, alias Gimi; Tom y su hijo Gimi. Parecía un chiste. Al tratar de reprimir la sonrisa que se le escapaba, una mueca asomó en el rostro de Miquel.

—Su alma será acogida con júbilo por el Señor…

El prelado remató su discurso con un salmo, y el coro enlazó un réquiem que la orquestra puntuó con discreción»




Luis Prat

Luis Prat (Barcelona, 1962) es Doctor en Filosofía por la Universidad de Barcelona (UB), y ha sido docente de los estudios de Comunicación Audiovisual de la Universidad Pompeu Fabra (UPF), así como en el Centro de estudios Cinematográficos de Cataluña (CECC). Ha colaborado en diversas revistas y libros colectivos, y ejercido la traducción. También figura como director y guionista de documentales, y su breve trayectoria de videocreación, muy vinculada a su tesis doctoral, ha cosechado más de un premio en festivales internacionales.

 


Comentarios

  1. Otra buena propuesta para este verano.
    Muchas gracias.

    ResponderEliminar
  2. Pues entretenida y trepidante sí que parece. Un detective, un policía asesinado, un agente del CNI, muertes en el Mediterráneo tristemente muy reales... Tomo buena nota porque parece ideal para relajarse en verano.
    Un beso.

    ResponderEliminar

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