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Cuentos que nos hicieron lectores

Con este artículo recordaré los primeros libros que me marcaron, libros que leía una y otra vez...

Pienso que hay una edad en la que los libros no son libros: son puertas. Puertas pequeñas, ilustradas, ligeramente desportilladas por el uso; puertas llenas de vida que alguien (un padre, un abuelo, un hermano, un maestro...) abre para ensanchar el mundo.

La infancia, esa edad que está llena de historias que nos moldearon al seguir las miguitas de pan sembradas en nuestro sendero de la vida con cada lectura.


Intento recordar cuál fue el primer título que me acompañó, y me da rabia no recordarlo. Pero lo que recuerdo gustosamente es la sensación de la lectura: el ruido del papel, el olor a imprenta, las voces que me leían en el colegio y en casa antes de dormir. Quiero hacer un breve recuento personal de esos cuentos que me hicieron lectora para siempre. 

A pesar de no recordar mis primeras lecturas con nitidez, estas estarán siempre conmigo:


Uno de los primeros libros que recuerdo es La ratita presumida

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La ratita es muy presumida y, con su bonito lazo, barre que te barre el porche de su casita para que la vean bien. Poco a poco, van llegando pretendientes que quieren casarse con ella, y a todos dice que no, salvo a uno, que traerá una sorpresa inesperada... 


Recuerdo mi cuento con una portada brillante y un lazo rosa que parecía moverse cuando yo pasaba la mano. Para mi era grande la expectación de saber quién llamaría esta vez a la puerta de la ratita; y a pesar de saberme la historia de memoria jugaba con ella una y otra vez creando nuevas llamadas a la puerta de la ratita. Una historia tan sencilla y repetitiva que me enseñó el placer de la anticipación narrativa: ese ¿qué pasará ahora? que todavía me acompaña como lectora adulta.

Otro libro que marcó mi infancia fue El principito, aunque os confieso que entonces no entendía ni la mitad de lo que quería decir. 

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Fábula mítica y relato filosófico que interroga acerca de la relación del ser humano con su prójimo y con el mundo, El Principito concentra, con maravillosa simplicidad, la constante reflexión de Saint-Exupéry sobre la amistad, el amor, la responsabilidad y el sentido de la vida.

Viví así, solo, sin nadie con quien hablar verdaderamente, hasta que tuve una avería en el desierto del Sahara, hace seis años. Algo se había roto en mi motor. Y como no tenía conmigo ni mecánico ni pasajeros, me dispuse a realizar, solo, una reparación difícil. Era, para mí, cuestión de vida o muerte. Tenía agua apenas para ocho días.

La primera noche dormí sobre la arena a mil millas de toda tierra habitada. Estaba más aislado que un náufrago sobre una balsa en medio del océano. Imaginaos, pues, mi sorpresa cuando, al romper el día, me despertó una extraña vocecita que decía:

-Por favor..., ¡dibújame un cordero!

-¿Eh!?

-Dibújame un cordero...


Yo recuerdo que para mi esta lectura era una aventura de planetas y zorros; más adelante, al ir creciendo y seguir leyendo el libro junto a mis hermanos y padre descubrí que este libro era un espejo. Crecí junto a este libro, mis ojos se abrían con cada lectura y cada reinterpretación. Hay cuentos que no solo nos entretienen, sino que nos hacen preguntas que no sabemos responder… y por eso volvemos a ellos una y otra vez. 


También recuerdo los libros de Barco de Vapor, especialmente aquellas ediciones naranja y blanca que casi todos tuvimos en algún momento. Fray Perico y su borrico me hizo reír de verdad. Esa risa, tan íntima y a la vez tan poderosa, me reveló algo fundamental: que los libros no solo emocionan, también acompañan como compañeros de juego.

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En el siglo XIX, la llegada de fray Perico y su borrico Calcetín va a trastornar la apacible existencia de los veinte frailes de un convento de Salamanca que viven haciendo el bien y repartiendo lo poco que tienen. El convento no tardará en vivir situaciones disparatadas, llenas de humor y alegría, gracias a este simpático personaje. Una divertida historia de aventuras sobre un fraile y su borrico.


Y tengo muchos y muchos más recuerdos. Pero quiero resaltar cuentos que se vuelven lectura iniciática no tanto por lo que cuentan, sino por cómo nos llegan. Y son los Cuentos de Andersen. De Andersen yo aprendí que la belleza también puede doler, que había palabras capaces de ser puñal y caricia al mismo tiempo. 

Y luego están las historias que descubrí en el colegio: Charlie y la fábrica de chocolate, Manolito Gafotas, Matilda. 

Libros que nos hicieron sentir comprendidos, incluso especiales. A veces un personaje literario se convierte en un amigo silencioso que nos acompaña en momentos en los que nos sentimos raros o distintos. Creo que muchos somos lectores gracias a esos pequeños milagros de identificación.

Cuando pienso en todos esos cuentos, me doy cuenta de que no solo nos enseñaron a leer: nos enseñaron a mirar. Cada historia nos dio una lente distinta para entender el mundo. Algunas nos enseñaron a reírnos de nosotros mismos; otras, a sentir empatía; otras, simplemente a soñar con mundos imposibles.

Por eso, cuando ahora abro un libro nuevo, todavía busco, en un rincón muy íntimo y sin pensarlo, aquella primera emoción. Busco la niña que escuchaba cuentos en la cama, busco la emoción de una página que cruje, busco el temblor luminoso de una historia por descubrir. Y entiendo que los cuentos que nos hicieron lectores no son solo un recuerdo: son la raíz desde la que seguimos leyendo hoy.


¡GRACIAS CUENTOS, GRACIAS ESCRITORES!


 ¿Qué cuentos os hicieron lectores?


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MIL GRACIAS.


Comentarios

  1. Muy bonita tu recopilación. ¿Sigues guardando esos libros? Coincidimos en algunos: la colección de Barco de Vapor y los cuentos de Andersen. El de La ratita presumida me lo contaba mi madre. El de El Principito, lo empecé, pero no lo entendí por el lenguaje avanzado para mi edad. A tu lista añadiría los libros de Los cinco y Kika Superbruja.

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