Coloquio de invierno de Luis Landero es una novela breve que suavemente se deslizo en mi interior para reafirmar la grandeza de la palabra. La gran protagonista de este libro.
Luis Landero resalta el valor de la memoria, la conversación y la imaginación. Inseparables y mezcladas necesitan a la querida palabra para crear historias que emocionan y hacen reflexionar.
FICHA TÉCNICA
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Argumento
Siete personajes se quedan atrapados en un hotel rural durante la tormenta de nieve Filomena. Sin cobertura ni conexiones, pero sí con víveres, deciden animar la espera contándose historias, y de ese diálogo, al que se suman los dos hosteleros, saldrán anécdotas que ocuparán ritualmente cada sobremesa, y que no solo les permitirán conocerse entre sí, sino también debatir y aprender de las vidas de los otros. Con el dominio magistral del relato oral de un autor como Landero, las historias que se cuentan estos desconocidos pronto se convierten en confesiones de sus peripecias vitales hechas al calor del momento, en narraciones de algunas experiencias que les han marcado de por vida y que se suceden y entrelazan con auténtica intriga y emoción. Homenaje a las novelas dialogadas clásicas, pequeño Decamerón de nuestros días y sucesión cervantina de relatos ejemplares, Coloquio de invierno es una delicia literaria de principio a fin, un nuevo regalo de un escritor que ha afianzado libro a libro su condición de clásico contemporáneo.
Mi opinión personal
En Coloquio de invierno la línea entre vida y ficción se difumina con naturalidad. Un narrador evoca un recuerdo y aderezándolo con su imaginación comienza un relato y una conversación mantenida en invierno, en un espacio aislado en el tiempo. Todos las historias narradas se mueven entre lo íntimo y lo literario.
El "invierno" del título es un estado del alma. El frío del invierno funciona como metáfora del paso del tiempo, de esa melancolía serena que acompaña a quienes han vivido lo suficiente como para saber que todo relato es, en cierto modo, una despedida. Pero la novela no es nada fría es tan cálida como el diálogo compartido, y tan gustosa como el placer de contar.
Uno de los grandes aciertos del libro es su tono conversacional. Landero construye una prosa que parece dicha en voz baja; me sentí como si estuviera sentada con todos los personajes. Qué gozada, y me descubrí con ganas de narrar historias y conversar con todos ellos.
Hay que saborear despacio la precisión léxica, el ritmo cuidado y una armonía que recuerda a la tradición oral. Cada frase parece haber sido pensada, pesada y colocada con intención.
El “coloquio” del título es también poético. La literatura, nos sugiere Landero, nace del intercambio: de escuchar y de ser escuchado. En ese sentido, la novela reflexiona sobre el acto mismo de narrar. ¿Qué contamos cuando contamos? ¿Embellecemos? ¿Distorsionamos? ¿Inventamos para soportar mejor la realidad? Estas preguntas surgen de la experiencia concreta de los personajes.
La memoria ocupa un lugar central. Pero es una memoria recreada. Los recuerdos en Coloquio de invierno están teñidos de imaginación. Landero parece recordarnos que todo pasado es, en parte, ficción. Y que quizá esa ficción no sea una traición, sino una forma de verdad más profunda: la verdad emocional.
También en la novela saboreé con gran deleite una reflexión sobre la vocación literaria. El deseo de escribir, la necesidad de transformar la experiencia en relato, aparece como una necesidad inevitable. El libro dialoga con quienes amamos la literatura no solo como lectores, sino también como aspirantes a narradores. Hay en estas páginas una invitación a observar, a escuchar, a detener la mirada.
Cada escena, cada recuerdo, está depurado hasta quedar en lo esencial. Esa economía narrativa refuerza la sensación de intimidad y coherencia interna.
«..., de la entrecana zona media y de cómo la vida está hecha de momentos, momentos creativos y momentos en que, de pronto, todo lo que se había logrado con tanta ilusión y tanto esfuerzo se desbarata en un instante».
Coloquio de invierno es una lectura para el silencio, para las tardes frías en las que apetece quedarse un poco más en la conversación. Un texto que acompaña. Un texto que nos recuerda que la literatura, como el invierno, invita a recogerse… y a escuchar mejor lo que somos cuando hablamos.
Luis Landero, Premio Nacional de las Letras 2022, nació en Alburquerque (Badajoz) en 1948. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense, ha enseñado Literatura en la Escuela de Arte Dramático de Madrid y fue profesor invitado en la Universidad de Yale. Se dio a conocer con Juegos de la edad tardía (Premio de la Crítica y Premio Nacional de Narrativa 1990), a la que siguieron Caballeros de fortuna (1994), El mágico aprendiz, El guitarrista, Hoy, Júpiter (XV Premio Arcebispo Juan de San Clemente), Retrato de un hombre inmaduro, Absolución, El balcón en invierno (Premio Libro del Año del Gremio de Libreros de Madrid y Premio Dulce Chacón 2015), La vida negociable y la aclamada Lluvia fina (XV Premio de Novela Europea Casino de Santiago), elegida unánimemente la mejor novela española del año por varios suplementos literarios. En 2021 nos regaló un inolvidable libro híbrido de memoria y lecturas, El huerto de Emerson, y en 2022 Una historia ridícula demostró su maestría en el uso del humor para retratar la condición humana. La última función fue otra demostración gozosa y culminante de su talento. Traducido a varias lenguas, Landero es ya uno de los nombres esenciales de la narrativa española.
¡Feliz lectura y hasta la próxima reseña!
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