En Carmen en su tinta creemos en la fuerza de las palabras compartidas. Por eso, hace unos días os informé de una convocatoria abierta invitando a todos mis seguidores a escribir y a enviar sus textos para ser publicados en este blog.
Os recuerdo la propuesta: abrir mi blog a nuevas voces, miradas y emociones que merecen ser leídas. Porque la literatura, incluso en sus formas más breves o íntimas, siempre encuentra su verdadero sentido cuando llega a otros.
Hoy tengo el placer de publicar el texto de Alberto: ENTRE TODOS SÍ SE PUEDE, que respondió a esta invitación con una reflexión tan personal como universal. Su escrito ya forma parte de este rincón de palabras que seguimos construyendo entre todos.
Gracias, Alberto, por confiar en Carmen en su tinta y por compartir tu voz con mis lectores.
ENTRE TODOS SÍ SE PUEDE
Son las ocho de la tarde de un viernes cualquiera. Se cierra una semana de rutina y se abre un espacio para el ocio, que es también vida dentro de esa línea recta y medida de la que resulta complicado salir. En la calle, el bullicio ligero anuncia que más de uno va a aprovechar las horas hasta el domingo para romper con la dinámica anodina de los días anteriores y adentrarse en otra. Los escasos locales de ocio sacan su artillería pesada para atraer a una clientela de la cual viven, de sus vicios muy especialmente. Uno de esos lanza un estado temporal por una red social: «Esta noche, concierto de Niñas Rebeldes a las 22.30 h + cena fría. ¡Te esperamos!». La ilustración deja ver a tres muchachas que no llegan a los treinta años caricaturizadas como rockeras por obra de la inteligencia artificial. Pese a su escasa trayectoria, ya han venido varias veces en el último año. La misma lista de reproducción de la última vez. El mismo rollo de siempre.
Sin embargo, la mente del interesado vaga por recovecos muy ajenos a esas sensaciones. Un día de marzo, él autopublicó su primer libro. Un mes de trabajo duro para promocionarse por redes que se tradujo en dos ventas y diecinueve asistentes contados a su presentación, en la que todas las copias que trajo hallaron dueño (y sobraron, sobraron más de las que fueron despachadas). Después, sus ingresos continuaron siendo irrisorios. Quince meses de trabajo para unas migajas que no saciaron el hambre, pero logró sobrevivir, seguir escribiendo y anunciándose. Hoy día, a nivel regional, es, según dicen, más conocido que el presidente de su región. Encontró lo único capaz de levantar cualquier proyecto que se presentara: el apoyo. Ahora, él lo iba a devolver.
Junto con sus amigos de siempre, acudió al local. El dejà vu se manifestó de nuevo con todas sus fuerzas: el frío y una amenaza de lluvia latente desde hacía horas dejaron a muchos bajo el sofá y manta, que la vida social espanta. Hasta las 23.15 h no se oyó el primer metal estridente, que daba comienzo al concierto. Mientras parte de aquella escasa clientela atendía a esas voces potentes como si nada, aquellos amigos viajaron a otra dimensión: ¿mismas canciones? ¿mismo estilo? ¿mismo orden? Sí, pero detrás de esa monotonía predecible se escondía un ente invisible al que solo unos pocos llegaban: el esfuerzo del momento, las horas de ensayo, el viaje hasta el local, la ilusión, la entrega. Unos acordes conocidísimos se mezclaban con lo que no se percibía del iceberg. Suponía que aquellas tres talentosas mujeres no serían archiconocidas (como mucho, dentro de su minúsculo gremio) ni sacarían a la venta superéxitos internacionales, pero el muchacho y su grupo se vistieron aquella noche con sus trajes de empatía y llenaron el espacio de reconocimiento y apoyo a todo ese trabajo sin el cual no se llegaría jamás al proyecto final.
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MIL GRACIAS.



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