Escribir me ayuda a conocerme.
Hay personas que hacen terapia, otras que salen a correr. Y yo salgo a correr, claro que sí. Pero lo que más me ayuda es abrir un documento en blanco, pensar y comenzar a escribir.
Pienso: voy a escribir solo un rato. Y luego me engancho y no es solo un rato ya que escribir para mi tiene esa capacidad misteriosa de absorberme el tiempo, las emociones y dejarme cara a cara conmigo misma.
Cuando comencé a escribir de forma constante tan solo pensaba que lo hacía para crear historias provocadas por mis lecturas o mi caminar por la vida. También me gusta escribir para poner en orden ideas. Y lo que me sorprendió fue acabar descubriendo que escribir me ayuda a conocer cosas sobre mi que ni siquiera sabía que estaban ahí. Poque escribir no solo sirve para llenar páginas, también vacía interiores que llevan demasiado tiempo encerrados.
La primera gran lección para mi fue descubrir que pienso muchísimo más de lo que yo creía. Y no siempre en línea recta, funciono como una estantería mal organizada: recuerdos, poemas, canciones, frases de libros, listas, reflexiones... todo convive sin orden lógico. Pero cuando escribo todo empieza a ordenarse. Es como realizar una limpieza emocional sin tener que sacar bolsas de basura.
También aprendí con la escritura que soy muy sensible. Hay textos que empiezan siendo una anécdota divertida y terminan convirtiéndose en una confesión disfrazada. Una foto del mar acaba hablando de nostalgia. Una receta sencilla termina evocando a mi madre. Un libro aparentemente ligero me deja pensando durante días. Escribir me ha enseñado que las emociones siempre encuentran la manera de colarse entre líneas, aunque intente disimularlas con humor.
Otra revelación importante: tengo una relación bastante intensa con la perfección. Traducido al lenguaje cotidiano: puedo pasar veinte minutos cambiando una coma de sitio como si estuviera editando una novela. Antes eso me frustraba muchísimo. Ahora me hace gracia. He entendido que escribir me hace más verdaderá y busco que todo sea impecable para que nada escrito quede vacío.
Escribir también me ha enseñado a escucharme. Parece algo sencillo, pero no lo es. Vivimos rodeados de ruido: notificaciones, prisas, opiniones, tendencias y listas interminables de cosas “importantes”. Sentarme a escribir me obliga a parar. Y cuando una para, empiezan a aparecer preguntas incómodas: qué me emociona de verdad, qué me da miedo, qué echo de menos, qué necesito cambiar. A veces escribir es una conversación amable conmigo misma. Otras veces es un interrogatorio bastante serio.
Y luego está la parte más bonita: descubrir que las palabras crean conexiones inesperadas.
Yo escribo pensando que hablo sola, pero de pronto siento que alguien me dice: “Eso que has escrito también me pasa a mí”. Y ahí ocurre algo mágico. Comprendo que compartir vulnerabilidad no me hace más débil; me hace más humana. Tal vez por eso sigo escribiendo incluso los días en los que no encuentro inspiración, porque siempre termino encontrando algo más importante: claridad.
Escribir me ha enseñado que soy nostálgica, curiosa, desordenada mentalmente y mucho más valiente de lo que creía. Me ha ayudado a aceptar mis contradicciones y a reírme un poco de mis dramas cotidianos. Porque sí, a veces dramatizo. Mucho. Pero también creo que esos dramas se pueden convertir en historias, y eso tiene cierto mérito literario.
Con el tiempo he entendido que escribir no siempre cambia el mundo. Pero sí cambia a quien escribe. Y quizá ahí esté su verdadera magia: en la manera silenciosa en que nos obliga a mirarnos por dentro mientras creemos que solo estamos colocando palabras sobre una página.
Con este artículo tan solo pretendo que os animéis con la escritura, os ayudará más de lo que podéis imaginar.


Comentarios
Publicar un comentario
Gracias por comentar. ♥